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‘A morir a los desiertos’ de Marta Ferrer: imágenes del cardenche, el canto del bello dolor

 

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México, 31 May.- Le han llamado el blues mexicano pero también podría acercarse a un hip hop barbershop aguardentoso: inicia una voz tristísima y la persigue otra desesperada, mientras no la alcanza una tercera voz se incorpora y medita; desde este caos vago alcanzan una armonía melancólica que podría tener algo de espiritual.

El canto cardenche es una expresión de la Comarca Lagunera, más centrado en el municipio de Sapioriz, Durango. El género nació en los campos algodoneros y podría tener su equivalente con el worksong de los esclavos africanos de Estados Unidos, lo que revela justamente la condición de semiesclavitud que se vivía en Coahuila hacia el siglo XIX.

El canto cardenche está desapareciendo, solamente queda un grupo, Los Cardencheros de Sapioriz. Y en simultáneo, la documentalista Marta Ferrer supo del grupo, gracias a un amigo.

Ahí nació la idea de filmar A morir a los desiertos, el documental que habla de un género musical casi olvidado, pero que, entre imágenes y nuevos sonidos, busca recuperar un sitio en la nostalgia del norte del país.

¿Qué te atrajo del canto cardenche como para dedicarle un documental?

Nació de una manera emocional y visceral. Un amigo me mostró un video de YouTube de los cardencheros, me conmovió tanto que aquella noche soñé que me cantaban al oído y desperté con la idea de hacer algo. Ahorré para ir a Torreón a conocerlos. No olvidaré ese día, llegamos con un amigo sonidista y nos recibieron en el patio de la casa de don Toño Ibáñez, uno de los cardencheros. A los cinco minutos empezaron a cantar. Confirmamos que queríamos hacer una película y empezó el proceso. Es un canto que conectas o no, yo conecte y no se por qué.

En tu película anterior, El varal, hablas de qué pasa con un pueblo después de su fiesta patronal: quedan tristes, sumido en la depresión mientras regresan a las actividades normales. Pensaba que mucho de eso es el cardenche y llama la atención la continuidad entre las dos películas.  

Nunca había hecho la analogía, pero es verdad que a veces te llaman atención temas y no sabes por qué. Tengo una cosa con la muerte y las cosas que mueren,  y supongo que El varal tenía un poco de eso, la comunidad que después de la fiesta vuelve a su normalidad y cómo cambia con las políticas neoliberales. En el canto cardenche hay una cosa de esta tradición que me atrapó también. Pero fue un poco inconsciente, nada pensado.

¿Cómo se relaciona la documentalista con estos personajes? 

Los cardencheros estaban acostumbrados a que les hicieran entrevistas y reportajes de televisión, lo difícil fue romper esa idea que tenían de ser grabados. Yo les tenía que explicar que esto era diferente, que yo iba a grabar cómo comen, por ejemplo, y ellos me decían: “¿pero cómo nos vas a grabar comiendo? Si nosotros lo que hacemos es cantar” Fue lo más difícil, que entendieran que era otro lenguaje.

Al final hicimos una buena amistad y eso fue increíble. Fue diferente en el otro pueblo, La Flor de Jimulco, que nunca les habían grabado, pero también es el trabajo del documentalista, generar confianza. Hay que ser honesto en qué tipo de proyecto es, cómo se graba, y así vas generando relaciones más íntimas.

El cardenche es el centro de tu historia, pero alrededor recoges imágenes de Sapioriz: plantíos, exhaciendas, pinturas rupestres, la maquila. ¿Cómo eliges estas escenas?

Yo lo que hago mucho es hacerme una pregunta y voy explorando las escenas que me pueden dar respuestas. En este caso la pregunta era: ¿De dónde proviene este bello dolor? ¿Por qué cantan así? ¿Por qué es tan desgarrador? Por eso me interesó tanto lo que había detrás de este canto: las haciendas algodoneras lo explicaban mucho, este canto es así de desgarrador porque esta gente vivía en condiciones de semiesclavitud. Yo buscaba las escenas que me podían hablar de esto y encontraba más conexiones, sea por contrastes o por analogías.

Agregas otros tipo de música, hay banda en un concierto yalgo que me encantóes que incluyas hip hop, que podría ser primo hermano lejano del cardenche. La música, además del cardenche. va poblando la historia.

Me fascinó el poder de la música para reflejar un contexto. En este caso era el trabajo en las maquiladoras: los jóvenes ya no trabajan en haciendas algodoneras pero se trasladan a las ciudades para trabajar en maquiladoras, que es un poco la esclavitud moderna; ya no escuchan canto cardenche, pero escuchan cosas como hip hop, que podría ser un poco el cardenche de ahora.

También eso se conectaba con la idea: el canto cardenche no muere, es una transformación y es gracias a esta gente que tiene proyectos interesantes de reinterpretación del canto. Gracias esta gente que están reinterpretando, como la música de los créditos —que son de los Caballeros del Plan G de Torreón—, que hacen hip hop con pistas de canto cardenche. o lo que hace Juan Pablo Villa con el coro cardenchado. Hay muchos proyectos donde están poniendo el foco en el canto cardenche y están dándole una vida diferente e interesante.

Tu documental podría ser parte de esta transformación¿A morir a los desiertos se suma en el movimiento para recuperar el canto cardenche?

La película también es una reinterpretación del canto cardenche, como lo hace Juan Pablo Villa o los Caballeros del Plan G, en este caso una reinterpretación cinematográfica. Los interesados en el canto cardenche hacemos estos proyectos que están ayudando colectivamente a reactivarlo. No creo que se rescate del todo, es difícil que los hijos y los nietos se pongan a cantar de golpe, pero sí se transforma en otras cosas. Por ejemplo ahora los cardencheros están haciendo un taller online, el otro día me invitaron y estuvo súper interesante, están muy activos ahora.

¿Ya vieron los cardencheros tu película? 

Antes de estrenarla la presentamos en los pueblos. Hicimos una fiesta con una súper pantalla, nos ayudaron a organizar los del Recinto de canto cardenche, el gobierno de Coahuila, el municipio de Torreón. Invitamos a la gente del pueblo y fue muy bonito porque se veían a ellos mismos y era extraño, lloraban y reían, están muy contentos con el documental.

Norberto Gutiérrez

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