Martes, 20 de octubre de 2020 | Año XX | No: 7266 | CEO: Francisco J. Siller | Dirección General: Rocio Castellanos Rodríguez

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Fragmentos de un celuloide perdido en una sala de cine

images 69México.- Por más de un siglo, la experiencia onírico-colectiva que caracteriza al séptimo arte ha sido un fiel acompañante de los seres humanos en su paso por este mundo. El cine, es un espectáculo que sumerge y atrapa en sus historias a los espectadores, implanta sentimientos con los que se siente identificado, pero, sobre todo, funciona como un espacio y tiempo en el que la persona se puede separar de sus verdaderas problemáticas.
Uno entra en la penumbra de la sala, planta sus posaderas en la butaca hasta encontrar la posición perfecta, con los pies cruzados, una pierna sobre la otra, las piernas abiertas o totalmente juntas. A partir de ese momento, todo lo demás en su vida deja de existir, para entonces dejarse envolver por las imágenes proyectadas en la pantalla, acompañadas de tenues murmullos yel sonido de los dientes masticando palomitas.
Recuerdo con cariño y cierta nostalgia las primeras veces que fui al cine. A pesar de contar con escasos 3 o 4 años, mis recuerdos me transportan específicamente a ese momento, la primera vez que entré a una sala de cine para ver Batman y Robin (1997) de Joel Schumacher, una pésima película con un exquisito reparto (George Clooney, Uma Thurman, Arnold Schwarzenegger, Alicia Silverstone y Chris O’Donnell) y que nunca me canso de ver.
Debo admitir que la primera experiencia fue fuerte. Una pequeña crisis de ansiedad me encontró en aquel sitio cuando las luces desaparecieron y la oscuridad me tomó por sorpresa. Fue entonces cuando las lágrimas y el llanto invadieron mi ser, hasta que mis ojos vieron la luz en la pantalla; una luz que llegó hasta mi consciencia para mostrarme un mundo muy diferente al que conocía.
Después de un corto entrenamiento para dejar de sentir temor en la oscuridad, la experiencia fue muy diferente. Las primeras películas con las que tuve contacto me adentraron en el cine fantástico. Super héroes, extraterrestres, monstruos, zombies, fantasmas y más criaturas se presentaban frente a mí para hacerme parte de sus historias. En mi interior anhelaba convertirme en uno de sus personajes, llenarme de fuerza para vencer o dominar y sentir un mar de emociones frente a mis cualidades sobrehumanas. En ese entonces yo consideraba que todo lo que sucedía en la pantalla era completamente real.
Esto me llevó a cuestionarme ¿qué tan real es lo que se nos presenta cuando estamos frente a la pantalla grande? Es decir, si tomamos en cuenta que todo lo que nuestros sentidos perciben puede ser catalogado como la realidad, ¿por qué no podemos considerar real lo que vemos proyectado en las salas de cine? Si al final, todo lo que percibimos a través de nuestros sentidos en el cine llega a convertirse en un sentimiento o un suceso (ya sea agradable o desagradable) que nos puede marcar de por vida, tal como sucede en “la vida real”.
Mi posible respuesta, al menos hasta que otra de las innovaciones tecnológicas nos alcance para transformar la experiencia cinematográfica de nueva cuenta, es que el cine no presenta nuestra única realidad, sino que nos expone distintas realidades que suceden en diferentes planos, espacios y temporalidades. Es decir, que hasta cierto punto, todo lo que pasa en las películas podemos denominarlo como real.
El cine, como esa luz que iluminó mis ojos después de la penumbra que me llenó de temor y de llanto, se convierte en consciencia cuando el espectador descubre otros mundos y se vuelve parte de ellos. Mundos con infinitas posibilidades y dimensiones que la mente, en muchas ocasiones, es incapaz de observar con simplicidad.
Delimitados por cada una de nuestras culturas, las normas morales y sociales, nuestra realidad se torna muy específica y mantiene al humano aferrado a la percepción colectiva que rige la realidad. Como una puerta que permanece cerrada y que no permite llegar la luz que finalmente ilumine nuestra percepción. Por supuesto, el cine, únicamente es una parte de esta luz que podemos utilizar para iluminar lugares recónditos en nuestra mente.
Cada una de las bellas artes permite encontrarnos con nuevas formas de consciencia, pero ninguna lo logra como el cine, con entretenimiento a un bajo costo y con una gran cantidad de opciones para escoger. Aunque es muy cierto que no cualquier persona que se autodenomine cinéfilo ha llegado a iluminar su consciencia. Es un largo camino por recorrer para llegar a este punto, que a su vez conlleva uno de los más grandes castigos alrededor del amante cinematográfico: no poder ver una película sin criticarla.
Después de comprender que las películas no conformaban parte de la realidad cotidiana y de llenarme con cintas de horror y alterar mis nervios y mi mente con tantas cosas fuera de este mundo, fue que encontré un nuevo refugio con los titanes del cine.
Los grandes directores que marcaron el cine (Fellini, Woody Allen, Buñuel, Arturo Ripstein, Kurosawa, Agnés Varda, entre otros) me presentaban sus obras maestras en las que se desnuda el alma de los protagonistas, se desgarran las capas exteriores del ser y el alma para mostrar los interiores sangrantes y su fragilidad ante la existencia. Como si de un fetiche se tratara, el voyerismo que implica estar frente a los personajes y ver como exhalan emociones fue verdaderamente donde la luz de la consciencia tocó mis entrañas.
Cuando la persona alcanza el nivel de consciencia donde se entremezcla y se funde con las distintas narrativas, comprende sin juzgar al otro, observa y descubre a su semejante. De cierta forma, como la deidad del panteón Azteca, Xipe-Totec, el espectador se pone la piel de “el otro”, resurge de entre sus pensamientos formándose como una nueva persona, el desprendimiento de lo que ya no es útil se presenta en el momento mismo del inicio de los créditos del filme.
Debo admitir que mi mente se ha conformado de una manera muy extraña, pues con el paso del tiempo, considero que he adquirido la capacidad de valorar una película por su técnica, sus actuaciones, la fotografía y todos esos elementos que conforman el arte cinematográfico; pero aún así, mis gustos siempre caen en las películas que tienen los defectos más visibles, las películas con historias absurdas, baja calidad, poco presupuesto o simplemente que podrían caer en el calificativo de “basura”.
La libertad del espectador para elegir sus joyas del cine, es lo que más fascina a mi persona, una libertad que no sigue los regímenes de los establecidos por las academias ni tampoco por los medios especializados. Todo eso queda fuera cuando el espectador decide qué ver, fusionarse con la historia y convertirla en su propia realidad.
Hoy a más de 100 años de que los hermanos Auguste y Louis Lumiére patentarán el cinematógrafo, me encuentro altamente agradecido con uno de los inventos que ha llenado mi vida de consciencia, por medio de imponentes historias y enseñanzas que han marcado mis pasos por este mundo y que se ha convertido en una de esas pasiones por las que dicen las personas “vale la pena vivir”. Un invento, que por cierto, el día y mes en el que se patentó en París para convertirse en el séptimo arte, coincidentemente es el mismo día y mes en el que yo nací.

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